domingo, 15 de enero de 2012

LITERATURA Y CINE, UN VIAJE DE IDA Y VUELTA



El largo y controvertido maridaje entre literatura y cine se remonta prácticamente al momento de la aparición de este último. En efecto, en 1896, un año después de la presentación del invento de los hermanos Lumière, se produce la primera adaptación cinematográfica de una obra literaria, el Fausto de Goethe. También Griffith, uno de los padres fundacionales de la cinematografía moderna, decía considerarse un aprendiz de Dickens, con lo que probablemente quería subrayar su consideración del relato cinematográfico como heredero o prolongador de la novela decimonónica. El cine, considerado inicialmente un entretenimiento banal para las clases bajas, irá sistematizando un lenguaje propio que lo convertirá en eficaz artefacto para contar historias cada vez más complejas y dirigidas a un público cada vez más amplio.

También en sus inicios puede hablarse de una relación muy estrecha y fructífera entre cine y poesía. Las vanguardias saludan el nuevo arte cual linterna mágica que alumbra la indagación de poetas, cineastas, fotógrafos y pintores, a la búsqueda de un arte total e integrador. Con el tiempo, sin embargo, la producción mayoritaria discurrirá por las sendas de un cine narrativo, reservándose la explícita rúbrica de "cine poético" para realizaciones de marcado carácter marginal o experimental.

Greta Garbo en Anna Karenina
Greta Garbo en Anna Karenina 
Dice Gutiérrez Aragón (1979) que el cine viene a considerar a las otras artes como grandes almacenes en los que surtirse: la novela, la poesía, el teatro, la pintura, la arquitectura, el circo… Buena prueba de ello es la obra cinematográfica de Peter Greenaway. Pero la relación también funciona perfectamente en el sentido inverso, de modo que no es posible hoy emprender un análisis serio de cualquier manifestación del arte contemporáneo que no tenga en cuenta esta perspectiva intertextual. No sería –por ejemplo entendible sin el cine la obra de escritores  como Cabrera Infante, Manuel Puig, Antonio Muñoz Molina, Vicente Molina Foix, Juan Marsé  o Terenci Moix.

Sigue siendo, sin embargo, muy común la tendencia de lectores y espectadores a considerar la literatura como fuente prestigiosa y las adaptaciones cinematográficas como una degradación o empobrecimiento de ésta. Ya Virginia Woolf en un escrito de 1926  reflexiona sobre la forma en que el cine “vampiriza” los argumentos literarios con resultados desastrosos, y ejemplifica sus tesis con la adaptación de la novela de Tolstoi,  Anna Karenina

En definitiva, a lo que apuntan las consideraciones de Woolf es al viejo debate acerca de la fidelidad al original. La instauración de jerarquías y rivalidades entre cine y literatura ha lastrado durante mucho tiempo los estudios de orden comparatista, más inclinadoscomo señala Peña-Ardid– a la búsqueda de límites expresivos que a la indagación de sus vasos comunicantes.

Más interés revisten los nuevos enfoques en la consideración de los fenómenos de la adaptación que reconocen  la independencia del producto fílmico resultante respecto del texto de partida, y que suponen en este sentido la superación del viejo debate expresado en los términos moralistas de infidelidad, traición o subversión. La adaptación vendría a ser –el término es de Lotman una “transcodificación”, esto es, una recodificación comunicativa, en la que se llega al resultado a partir de unos códigos y sistemas que le son propios.


Fotograma de Don Quijote, Orson Welles
Fotograma de Don Quijote, Orson Welles
Como señala L. Zavala, la consecuencia de este giro semiótico pasa por reconocer el lenguaje cinematográfico  conformado a partir de cinco códigos  simultáneos: la imagen (heredera de la pintura, la fotografía y los medios digitales), el sonido (ligado a la música), la puesta en escena (derivada de la tradición teatral), la narrativa (narratología literaria), y el montaje, que es el más específicamente cinematográfico.

En definitiva, la adaptación cinematográfica sería más bien una reescritura, obra de un autor fílmico –se trata además de un autoría “grupal” que utiliza unos códigos diferentes de semiotización respecto a la fuente, y que –como la obra literaria se completa y multiplica en las lecturas diversas de sus espectadores.

De esta forma, Marsé puntualiza que una buena adaptación no puede enjuiciarse sino  “por su acierto en la creación de un mundo propio, específico y autosuficiente, con sus propias leyes narrativas”. Vale decir, por contar su propia historia. Quizás por esto revista más interés el singular –aunque incompleto Quijote de Orson Welles que la  lectura acabada y fidelísima al texto cervantino de Rafael Gil.

En esta misma línea, Lorenzo Silva, que cuenta como Marsé con numerosas adaptaciones cinematográficas de sus obras, señala que no hay textos cerrados y no tiene sentido por tanto que el autor se erija en guardián de las esencias de una historia. Como para cualquier buen viajero, el consejo sería más bien ser capaz de transitar con libertad entre los hallazgos de ambos territorios y disfrutar cruzando aquellos puentes que nos salgan al encuentro. 


Leer más:
Adaptaciones de literatura española en el cine español. Portal de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Español en red 7-0. E-bibliografía sobre la narrativa española y el cine. UMA. Recopilación del profesor Rafael Malpartida Tirado.

2 comentarios:

  1. Siempre es interesante esta relación entre cine y literatura. Quizás te agrade leer "Los escritores frente al cine" (Editorial Fundamentos), donde Faulkner, Huxley, Truman Capote, Eiot y otros declaran su posición sobre este tema.
    Saludos.

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  2. Muchas gracias por tu comentario y tu recomendación. Es un tema que me interesa mucho y leeré en cuanto pueda el libro que me aconsejas.

    Un cordial saludo

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